miércoles, 27 de enero de 2010

Bienvenido a la isla (primera parte)

Hacía tiempo que me encontraba errando por el mundo, navegando hacia ningún lugar en concreto. Buscaba, quizás, otorgarle algo de fundamento a mi todavía corta vida, que ya estaba corrompida por años de juego, alcohol y despilfarro. Creía que en esa isla encontraría al fin paz, estando lejos de todo lo ordinariamente conocido. Alejarme del vulgo y de la pecadora sociedad, eso era lo que deseaba con tanta ansiedad.

Llegué al pueblo de Longyearbyen el 20 de octubre de 2006, de la mano de un marinero naturalmente noruego, que ejercía como pescador de alta mar. Lo había encontrado en Oslo a principios de ese mes, rogándole que me aceptara como empleado temporal, ya que carecía de dinero. Como estaba falto de personal, me admitió sin detenerse demasiado a pensar, y el 5 de octubre ya estábamos zarpando hacia el archipiélago boreal, donde cargaría combustible y continuaría su rumbo hacia el mar de Barents. Precisamente en el archipiélago de Svalbard descendí, y, antes de despedirme cordialmente de mi patrón, recibí la paga del trabajo.

La capital de la región, Longyearbyen, era, a mi gusto, genialmente tranquila. Se encontraba en un entorno bastante salvaje e inmaculado, es verdad, pero en esencia era una ciudad europea pequeña, con todo el orden y la pulcritud característicos.

El pueblo me recibió con una fina tormenta de aguanieve, algo usual en las mañanas de otoño. Alquilé una rudimentaria choza frente al fiordo, pagándola en parte con lo que había ganado como pescador y en anteriores empleos provisorios, y en parte con la herencia de mi difunto padre. Unas horas más tarde, el cielo ya se había despejado, y disfrutaba una bella tarde de paz, observando tontamente a las imponentes montañas nevadas.

El tímido sol (que no se había terminado de levantar en todo el día) se ocultó completamente hacia las cuatro de la tarde, y no salió hasta las siete del día siguiente. La falta de luz no me afectaba en lo más mínimo; yo era un hombre perfectamente adaptado para vivir en la noche: en ella comía, bebía, charlaba, pensaba y me inspiraba. O al menos eso era cuando vivía allí, en mi lujurioso antro del Nuevo Mundo.

Nunca siquiera imaginé que en un lugar así me hubieran ocurrido los sucesos que narraré a continuación.

(…)

Adiós a enero

Antes que nada quiero aclarar que me siento un poco avergonzado al escribir después de tanto tiempo (y luego de hacerlo tan pocas veces, al menos en este blog). Enero ha sido un mes muy fugaz desde mi percepción, en donde mi prioridad fue, sin duda, descansar y renovar los aires saturados del 2009. En mi cabeza, siento que ya empecé un nuevo año, recuperando las verdaderas ganas de leer y escribir.

A continuación, publicaré diversos textos que he estado escribiendo últimamente. La publicación de éstos será paulatina y fragmentada en un principio, con el fin de disponer de suficiente tiempo para realizar ciertas correcciones.

Envío un saludo (hacia ningún destinatario concreto, o bien hacia mí mismo).