martes, 9 de febrero de 2010
Pequeña égloga del hombre y la muerte (poema experimental de estilo clásico) (2009)
mirando hacia la nada blanca de la pared.
Sus piernas cruzadas estaban,
y su mente, rindiéndose a merced
de un destino rudo, siempre al acecho.
Vidas que por él cruelmente pasaban;
por él vivían, y de él comían
el plato amargo de la desilusión.
(Sin contar la ocasión
donde la felicidad se sobreponía).
Eran simple y llanamente vidas
con sus venturas y desventuras;
que tenían que ser vividas
sean éstas cómodas o duras
HABLA EL HOMBRE
Desdichado sea el día
en el que vine a este mundo fiero.
Más maldito el día de mi concepción.
¡Pero no deseo morir! Tan sólo quiero
que no se me pase tan rápido la vida.
Aunque algún día, con resignación,
Deberé irme de aquí.
Suplicando no gano nada,
tal vez una cachetada
comprobando que no hay nadie por allí.
Es una réplica sin fin
Estoy solo, pero acompañado
de mortales, que igual que a mí,
nos ponen en un impredecible juego obstinado.
Yo remito a un sujeto tácito, pero,
¿quién es ese sujeto?
¿Qué mano hay detrás de todo?
Dolorosamente reflexivo, me meto
en el profundo terreno del desespero.
No podrá ser de otro modo,
Sea como sea, bajo el impenetrable lodo
la realidad irreal funciona.
Sin embargo, muerte mandona,
¿no te contentás con ser poderosa,
que además debés demostrar tu poder
con nosotros, pobres mortales
que debemos pagar por tu deber?
Contestame, muerte laboriosa.
HABLA LA MUERTE
Callate, hombre, no sigas hablando.
Tu habla es tu perdición,
te lo dice una confidente
No hables a la sinrazón,
no acostumbres a ir rogando
a los ángeles prudentes.
¿Qué te sucede, mortal
que crees tener el derecho
de vagar por el mundo, deshecho,
culpándome de todo tu mal?
Ensuciando mi imagen gratuitamente,
cerrándote a la realidad
de que si yo no estuviera
menos existiera la gente
Yo soy la muerte, pero también la vida
Soy el silencio, pero también el ruido
Soy lo que permite que estés despierto,
y que estés dormido.
Mi buena reputación sea bienvenida
ya que no puede haber vivos sin muertos
Te preguntarás si es todo esto cierto
lo que me atrevo a decir, tan en mí confiada.
¿Quién puede ser más experimentada
en las cuestiones de nuestro universo?
Autoridad son mis versos
y llenos de ancestral sabiduría.
Pero, viendo que seguís disperso,
procedo a justificarlo con maestría
Pensá que la vida no tendría valor
si no fuera porque corta es
¿Quién valoraría algo que nunca acabara?
Nobles son las mentes en la vejez,
Que admiran a los años dorados con primor
¿Los admiraría si estos no terminaran?
Además, ¿quién te creés para matar?
Porque cuando vivís, estás matando,
ya que ocupás el lugar de alguien, conquistando
una empinada y azarosa pendiente.
Imaginá, sin hacia adentro mirar
si viveras eternamente.
¿No cometerías un cruel asesinato,
comiendo, bebiendo, durmiendo
en lugar de alguien más?
En el mundo no hay atuendos
para inmortales beatos (1)
Así que callate, no hables más.
(1) En este caso, se retoma el significado latino de Beatus, “feliz”
La curandera del desierto (2008)
Maldito sea el día en el que comencé a servir al ejército. Y más aún maldito el momento en el que, encorvado sobre su zaino y con una bola incrustada en medio del pecho, el comandante subió a la sierra para pedir ayuda.
Yo tenía experiencia con ese tipo de cosas, pero el proyectil había tocado el corazón, y eso, si me entienden, es una sentencia de muerte. Sin embargo, yo había jurado utilizar todos mis conocimientos para alejarlo del riesgo, y después, de la forma más cruda, tuve que sufrir las consecuencias. Porque sí, estaban realmente enojados esos hombres de ojos penetrantes y pelo como crines de caballo. Bueno, si se puede decir enojados, la verdad pura es que el miedo reinaba en sus almas.
Me ataron inmediatamente y sin darme explicaciones razonables a unos troncos erguidos en el medio del campamento, que servían para amarrar los caballos de algún que otro grupo errante. Una semana de insultos tuve que soportar en ese maldito lugar, en donde me alimentaban con la cantidad justa para preservarme con vida.
Hasta que, un extraordinario día, todo pareció acelerarse y cambiar en la usualmente tranquila aldea. Una multitud de guerreros a caballo descendían atropelladamente desde la cima este, proliferando alaridos que, según creía, significaban algún tipo de alarma. Al acercarse, uno de los guerreros ubicados en la vanguardia, que lucía un prominente collar de plata, gritó: “¡Necesitamos hablar con el comandante!”
El hombre a mi izquierda me señaló con un dedo firme, antes de susurrar algo al oído del visitante, que inclinó su cuerpo para escuchar. El del collar se bajó de su caballo bruscamente antes de desenvainar un puñal, también de plata, que colocó bajo mi cuello. Pronunció aceleradas palabras que yo no entendía, retiró la hoja y, sin pensarlo dos veces, la clavó profundamente sobre mi muslo derecho, retirándolo tan rápido como lo introdujo. Así, se aseguraría que no pudiese, de ninguna forma, escaparme de allí.
Entrada la noche, los recién llegados me ataron a un caballo acarreado por otro, y abandonaron, llevándome como prisionera, el campamento. El viaje fue sereno y silencioso, pero a juzgar por las expresiones de los guerreros, había algo que los dejaba profundamente intranquilos. Yo no estaba ajena a ese sentimiento. No sabía por qué ni a dónde me llevaban, ni qué harían de mi. Como todo se hablaba por lo bajo, no podía descifrar ni una pista del tema.
Tampoco pude dormir ni cinco minutos. Mi pierna estaba hinchada y muy dolorida por culpa de la puñalada y constantes escalofríos, a causa de quién sabe qué razón, no me dejaban mantener un solo momento de paz.
Ya pasadas unas horas, la tropa se detuvo de forma súbita. Cortaron mis ataduras, y muy bruscamente me arrojaron al suelo rocoso, dejándome absolutamente sola y lisiada. Al atenuarse el sonido de los cascos de los caballos, comencé a gritar desesperadamente, con alaridos de súplica. Sabía que si me quedaba en ese desierto y en ese estado iba a morir, hambrienta, sedienta e insolada. ¿A quién pedía ayuda? ¿Quién iba a prestarme oídos allí? Luego de tanto gemir, la fatiga por fin me venció.
Al día siguiente me desperté súbitamente cuando un centenar de figuras bloquearon la luz que me llegaba al rostro. Allí estaban, montados, uniformados y prolijamente alineados, pero con visibles rastros de suciedad, sangre y cansancio. Apenas comencé a hablar observé que sus rostros se deformaban en muecas aprensivas. Recapacité mi error, cerré los ojos y paulatina pero correctamente retorné a mi pasado. Entonces hablé, y entendieron mi petición de ayuda.
Un peón zaparrastroso que ayudaba al ejército me subió sin escrúpulos a su caballo, y, acomodándome en la montura como pudo, reanudó la marcha. A lo lejos, podía observarse el humo del campamento que, indiscutiblemente, ardía en llamas.
Cuando ya el sol arrastraba consigo sus últimos rayos, arribamos a un pequeño pueblito ribereño. No contaría con más de cuarenta chozas, pero aún así, era lo más grande que había visto desde hace mucho tiempo. El ejército tendió un campamento nocturno, mientras que los lugareños preparaban un banquete para los hambrientos soldados. Me rehusé a comer, probablemente confundida por el dolor de la aún no sanada pierna, y el miedo irracional de ser envenenada; pero eso sí, me tomé yo sola de un trago el agua de toda una alforja. Luego, para mi fortuna, el sueño me derrotó instantáneamente.
Las trompetas sonaron muy temprano. Aunque sabía que era una señal para que sólo los soldados se despertaran y comenzaran a prepararse, una vez lúcida no pude volver a conciliar el sueño. En lugar de ello, me dirigí rápida pero tímidamente a hablar con uno de los guardias de la carpa del coronel.
- Señor, ehh.. vea usted, quería… emm… querría saber si nos dirigimos al pueblo, señor.
- ¡Ah! – la cara del uniformado se había puesto tiesa – Sí, por la tarde estaremos allí, supongo.
- Entonces, ejem.. . ¿podrían llevarme a la batuca… betic…?
- ¿Botica?
- Eso, eso, señor.
El soldado entró a la carpa, y en menos de veinte segundos regresó.
- De acuerdo, – su cara seguía anormalmente extraña, desfigurada en una especie de mueca leve pero notable – en unas horas estará allí.
Unos pobladores asomaban sus rostros por detrás de una casa rudimentaria. Me clavaban profundamente sus miradas con expresiones de asombro. ¿Por qué nadie me tomaba como una persona normal? ¿Mis ojos coloreados y mi cabello pardo no eran harta prueba de lo que alguna vez fui y, después de tanto tiempo, sigo siendo? ¿O acaso se trataba de mi ropa? Entre tanta confusión decidí hacer lo que había hecho hasta ahora: esperar callada y tranquila, como si evitara que el resto diera noticia mi existencia. La tropa preparó un desayuno rápido antes de partir, y me ofrecieron un bollo de pan que no pude rechazar. Seguidamente, me subieron a otro animal y, reagrupándose, comenzaron a avanzar por la ribera del arroyo aledaño.
Serían las cinco de la tarde cuando por fin el gran pueblo se vio en lo bajo. Una bandera celeste se erguía en el centro, el lugar de la roja y dorada de cuando yo era niña. Se hizo sonar clarines y trompetas, y pronto una multitud se congregó en la plaza central. El coronel, encabezando la marcha, proclamó por lo alto ante cientos, quizá miles de ojos expectantes:
- La división Nº 5 del Ejército está orgullosa de declarar oficial la derrota de los ranqueles de la sierra. ¡Viva la patria!
Como era de esperar, una confusión de vítores dominó la ciudad durante varios minutos, hasta que soldados y civiles regresaron a sus respectivos hogares. ¿Dónde estaba mi familia en esa multitud?
Un grupo de mosqueteros me guió hacia la botica en donde me había criado de pequeña y había aprendido mis conocimientos de medicina; la botica de donde me habían arrancado y llevado a las sierras. Sin embargo, en lugar del persistente recuerdo que yo tenía en la cabeza, encontramos un edificio en ruinas. Desesperadamente, pedí que buscaran por todo el poblado a mi familia, hasta que, como algunos de ustedes se habrán imaginado, me enteré de que mi familia ya no existía: había pasado demasiado tiempo. Ahora me sentía más sola que nunca; nadie me acogía, nadie me comprendía, nadie me recordaba…
Los soldados me llevaron a unos sucios cuarteles en donde vivo hasta estos momentos, sirviendo al Ejército. Mi estadía hasta ahora ha sido tortuosa: me insultan, me maltratan, se abusan de mí como si fuera una prostituta callejera y barata. Antes, por lo menos, me respetaban, me escuchaban, pero ahora soy para ellos igual o inferior a una apestosa mosca que se alimenta de un cadáver. Hay momentos en los que querría alejarme de esa gente viciosa y ebria de pecado, y regresar a las sierras en donde viví la mayor parte de mi vida. Después de todo, ¿cuál es para mí la civilización, y cuál la barbarie?
Rosa Teresa Luz de la Serna; San Luis (21 de octubre de 1836)
El Barrio Impossibilis (2008)
Todos los lunes el señor H se levantaba muy temprano, religiosamente a las cinco en punto. Se preparaba el infaltable café en jarrito, endulzado con una cucharadita de azúcar, se vestía de traje y se marchaba en su viejo coche hacia el Ministerio.
La actividad también comenzaba para la señora B, encargada de limpiar el imponente hogar de la familia X, que, después de llevar a su hijo al colegio caminando, montaba su bicicleta y se dirigía a su trabajo.
No así era la suerte de los hermanos N, que, saliendo de una holgazana vida juvenil, no podían encontrar un empleo fijo del que puedan llevarse ganancias para mantener la casa de alquiler de la Avenida J. En cambio, sobrevivían gracias a la escasa fabricación de artesanías baratas, actividad que habían aprendido del colegio ABC.
Un lunes como cualquiera a la tarde la familia F envió un anuncio a la radio local. Fue transmitido una sola vez, pero causó efecto inmediatamente, ya que ningún habitante de Impossibilis se hubiera imaginado algo tan súbito e inesperado. El aviso decía: “El viernes próximo a la fecha la familia F organiza un asado con motivo de celebrar la fundación del barrio, en su casa en la calle Z al 240. Llevar platos y gaseosa. Confirmar asistencia hasta el jueves al 8946-4321. Todo el barrio invitado.”
-¡¿Todo el barrio invitado?! – repetían asombrados los lugareños - ¿Todo? Pero, ¿cómo…
“¿Serán amables?”. “¿Qué idioma hablarán?” “¿Tendrán nariz?” Todos estos interrogantes comenzaron a surgir en los hogares todas las familias. Antes de que pasaran diez minutos, una multitud estaba reunida en la puerta de los F. Todos pedían alguna explicación, pero cuando la señora F se presentó, sólo uno se atrevió a hablar.
Era uno de los hermanos N, que, al escuchar la noticia por la radio, no dudó en abandonar la pobre venta de artesanías para llegar hasta allí.
- Señora, usted habla de invitar a todo Impossibilis, pero, ¿cómo daremos con todos? Quiero decir, emm… que es muy difícil, como usted sabrá, llegar a todo el barrio.
- Esperaba que dijera eso, señor N. Últimamente lo veo a usted y a su hermano un poco, así sería la palabra, desocupados. Perdone porque diga esto, pero usted lo sabrá mucho mejor que yo: sus artesanías no las compra nadie. Pero no se desanime, N. Tengo un trabajo para ustedes. Serán los encargados de encontrar una forma de comunicar todo el barrio, ¿no les interesará?
- Por mí sí, pero tendría que consultar a mi herma…
- Muy bien, tienen hasta el jueves inclusive. Si lo logran, le diré al alcalde que los recompense, quédense tranquilos.
- Pero señora, ¿por qué quiere hacer todo esto? O sea, ¿no es hacerse mucho problema? – dijo el práctico señor H.
-No me diga que nunca en su vida sintió curiosidad acerca de las vidas de los vecinos del otro lado. Yo, en lo personal, no moriré con la duda. Adiós, gente, y hasta mañana, que tengo que ir preparando el gran día.
El señor H decidió caminar hacia su casa. Deseaba ignorar en su mente ese tema que, según él, era un olvidable misterio. Al llegar, se recostó en la reposera del parque con la intención de dormir una siesta. Podría haber concretado sus intenciones, si no hubiese un pequeño, varios metros arriba, observándolo con unos catalejos.
H no podía dejar de mirar ese inexpresivo y ovalado rostro que parecía clavar sus invisibles ojos en los suyos. Tampoco podía dejar de tener ganas de conversar con ese rostro liso, de tenerlo al lado, de conocerlo.
Dio un salto brusco, entró a su casa súbitamente, y, corriendo escaleras arriba, se dirigió a la terraza. Desde allí, el pequeño no estaría a más de diez metros. Se subió a la escalera tijera. Uno, dos, seis, ocho escalones. ¡Pero todavía ese desgraciado estaba lejos! Desesperado, H saltó hacia arriba desde el último escalón, y no consiguió más que espantar al niño. Como si faltara más, al caer contra la escalera en mala posición, H se derrumbó en caída libre, aterrizando en el mismo parque de donde había salido, y partiéndose las dos tibias y el húmero derecho. Estaba claro que llegar a ese mundo no era cuestión sumar dos más dos.
Sin embargo, es posible llegar a donde se quiera. O al menos eso pensaban ahora los hermanos N, que ya habían hecho una lista completa de todas las formar posibles de cruzar al otro lado. Ahora faltaba ponerlas a prueba.
El martes a la mañana, tras convocar a un grupo de vecinos voluntarios, comenzaron las operaciones. Intentaron todo: trepar escaleras gigantes, subir hacia las paredes de las casas por sogas con ganchos, propulsarse con cohetes. Hasta probaron con un helicóptero. Pero siempre, siempre tenía que haber una barrera, una fuerza que impedía la conexión. También se transmitieron señales de radio, pero rebotaban o bien no poseían elementos para escucharlas.
Asombrosamente, viendo a los vecinos y pareciendo adivinar sus intenciones, los del otro lado organizaron su propio equipo de trabajo. Ahora todo el barrio se había unido para una misma causa.
Los de abajo decidieron lanzar una soga larguísima y firme, de más de quinientos metros, que, al doblarse por la invisible barrera, pudiera atravesarla por lo menos con uno de sus extremos. Luego de numerosos e infructuosos intentos, una parte muy pequeña de la soga pudo llegar a las manos de uno de los invertidos vecinos. Ahora había que deshacerse de la barrera.
Se convocó eufóricamente a todo el barrio; todos salieron de sus casas para cooperar. Formaron filas que ocupaban las calles y veredas, todos tirando la soga para que el respectivo vecindario opuesto baje desde el cielo. El espacio se hacía cada vez más pequeño, y el barrio todo temblaba como si hubiese un sismo.
Finalmente el jueves 4 de octubre a las 6:52 PM, tras un ensordecedor estruendo, las dos partes se unieron entre sí. A partir de ese entonces, el cielo sólo podía ser visto horizontalmente, y todas las calles, balcones y tejados del barrio estaban conectados.
Los de abajo pudieron ver realmente quiénes eran los hasta ese momento misteriosos vecinos, y comprobaron que tenían rostros, que eran civilizados y simpáticos, y además poseían algo desconocido para ellos: nombres y apellidos complejos, ¡de por lo menos diez letras en total!
El viernes todo el barrio cenó y conversó en la casa de los F. Se compartieron conocimientos científicos y culturales, y gracias a ello se descubrió la cura de muchas enfermedades y la solución de muchos problemas leves y graves. También las actividades se fusionaron; gente de un lado iba a trabajar al otro, estudiantes de todas las zonas acudían a las mismas escuelas y se corrían carreras en circuitos que atravesaban las dos “dimensiones”.
Ahora los invito a reflexionar. ¿Qué sucedería si, por ejemplo, el Barrio Impossiblis no fuera un universo imposible? ¿O aún más, nuestro universo? ¿Qué sucedería si pudiésemos contactar con individuos de planetas lejanos, qué nos contarían, cómo cambiarían nuestra visión de la vida? Yo creo que con confianza y esfuerzo podríamos lograr esa meta, que probablemente nos traiga una gran sorpresa, e incluso un gran beneficio. Algunas veces, no habría que ser escéptico.
Guillermo el Conquistador (2006)
Esa era mi tierra natal, a la que llegué al mundo en el año 1027, en plena Edad Media. Esa Edad Media en donde la batalla, la sangre y las ambiciones de oro y diamantes eran cotidianas. Esa Edad Media en donde la sabiduría se ocultó para dejar paso a la barbarie. Sí, la misma barbarie europea que arrasaba todo a su paso…
Pero mi condición no era tan mala como la de la plebe. Yo nací en el rico seno de una familia real, ya que era el príncipe de Normandía, el noble hijo del duque de estas tierras. Robert I – así se nombraba mi padre – obedecía las órdenes de Henri, el rey de la vasta Francia.
Cuando era joven, murieron mis padres y yo quedé a cargo del ducado. Luego murió mi primo Edward, rey de Inglaterra. Su testamento decía que yo era el heredero del trono inglés. Sin embargo, una injusta corte inglesa eligió a Harold, su cuñado anglosajón, por el simple hecho de que era quince años mayor que yo.
En el año 1057 el papa Alessandro II convocó una reunión en Roma para celebrar el renacimiento del Imperio Germánico, con la coronación de Federic II, príncipe de Baviera. Invitó a todos los reyes de Europa y a los más influyentes duques y condes, exceptuando a un importante número que eran considerados bárbaros, como Tagensveg de Dania, Stevan de Roga y Harold de Inglaterra, entre otros.
Entre los nombres de duques y condes invitados aparecía el mío.
-Queridos reyes, duques, condes, príncipes e hidalgos – dijo el papa Alessandro cuando coronaron al joven – a partir de hoy Europa posee un rey y un imperio más. ¡Felicitemos a Federic II de Baviera!
-¡Viva! – dijo el público en su respectiva lengua, como era la tradición.
-¡Esperen! ¡Antes de festejar tendremos que hablar de un tema que está preocupando a toda Europa! – gritó Hansen de Holanda - Es la amenaza de los anglosajones, que ahora ocupan Inglaterra. Ya atacaron Harlem, Normandía y la Bretaña Francesa y amenazan con dañar el centro del continente. ¡Hay que acallarlos!
-Podemos cruzar el Canal de la Mancha desde Caux, Normandía, así atacaremos los principales fuertes militares de Harold, en la costa de Sussex – opiné yo – y allí tomaremos Hastings, centro militar anglosajón. Luego, nos dirigiremos a Londres para conquistarla. ¿Puedo contar con ustedes?
Se aprobó un preparativo que duraría tres años. Sin embargo, alguien le comentó a Harold el plan y el plazo se triplicó, invirtiendo soldados para resistir las invasiones del ofendido tirano. Me eligieron a mí como general de batalla.
El 28 de septiembre de 1066 tropas normandas, acompañadas por una menuda tropilla de franceses y unos pocos holandeses, desembarcaron en las costas de la Inglaterra anglosajona. Sin embargo, la batalla sucedió después.
El anaranjado sol del amanecer se descubría en los prados ribereños de Hastings. Se oía el sonido penetrante de las cornetas y trompetas inquietas. Gente desesperada escapaba del gran fuerte y de los campos cercanos. Oh, el mismo Dios quiera que ese 14 de octubre nunca hubiera sucedido. El cielo espectacularmente despejado parecía un chiste… una verdadera broma de mal gusto que se reía a carcajadas con el terco, engañoso Destino.
Eran las siete de la mañana y los anglosajones todavía no habían llegado. El ejército de Harold parecía tener inconvenientes... Pero, súbitamente, sonó el gran cuerno germánico, el que su soplo llamaba al Nöon Ragnar, la batalla desenfrenada. Cientos de housekarls, la elite militar sajona, llenaron los campos.
Lo recuerdo como si fuera hoy. Los ejércitos están alineados y formados, por un lado se encuentran soldados entrenados con la armadura de acero blanca y brillante y con largas lanzas y cortantes espadas; y en el otro bando se hallaban brutos guerreros con escudos verdes parduscos, vestidos con cueros de bovinos locales y armados con toscas armas y herramientas de golpe y corte pesado.
Yo cabalgué hacia Harold, y nos estrechamos la mano delante de los dos ejércitos, como era la tradición entre reyes rivales europeos. Nos dimos vuelta y erguimos la espada frente a nuestros hombres, signo previo al inicio de la batalla.
-¡Arqueros! – ordenaba yo - ¡Estiren! ¡Apunten! ¡¡Suelten!!
Mil saetas cortaban el burlón cielo, pasando como relámpagos sobre nuestras cabezas, aullando como pájaros agonizantes. Pero los anglosajones no sólo levantaron sus escudos y las bloquearon, sino también respondieron con jabalinas y hachas arrojadizas. Empezaron los gritos. Harold ordenó una lucha cuerpo a cuerpo.
Cuerpo a cuerpo uno no tiene garantías: la muerte y la victoria son azarosas. Los housekarls eran los victoriosos: sus pesadas armas arrasaban a nuestros hombres. La sangre era demasiada, los gritos de dolor, penetrantes. Cabezas normandas rodaban por los campos otrora verdes, y los cuerpos mutilados los teñían de un putrefacto rojo oscuro.
-¡Retirada! ¡Retirada! ¡Repliéguense en las filas! – supliqué.
La batalla recién duraba una hora y ya habían muerto mil hombres. ¡Mil!
-¡Caballería! ¡Caballería de defensa! ¡Bloqueen! – ordené observando que los housekarls avanzaban hacia mis arqueros.
El contraataque fue también trágico: los jinetes dislocaron y les cortaron la cabeza a algunos sajones con sus afilados sables.
-¡No! ¡Esto no puede seguir así! ¡Es vandalismo puro! – replicó un joven guerrero francés. Odio admitir esto, ya que me culpé toda la vida, pero lo atravesé con mi espada por discutir mis acciones.
Más tarde, los Frydmen, guerreros londinenses con menos experiencia, se abalanzaron contra nuestra lancería.
-¡Al arroyo! ¡Al arroyo! – les repliqué a mis hombres con la idea de ahogar a los enemigos - ¡Encierren…! –. Estaba mareado, no podía cabalgar, ni pensar, ni dirigir. Sentía que mi cuerpo se soltaba como un fantasma, pero también que era pesado como un elefante. Me derrumbaba, mi sable se escapaba de mis manos. El mundo daba vueltas de arriba a abajo. Podía ver a la Parca en todos lados. Mil cosas pasaban por mi cabeza. Mil recuerdos y un dolor punzante, el más agudo que había sentido en mi vida. Me moría, así era. Oí un grito y sentí lágrimas amargas. Lágrimas de incertidumbre y desesperación. Al grito humano lo acompañaba también un grito animal. Y de pronto comencé a oler un hedor repugnantemente vomitivo y capté un mar rojo. Un mar que todo lo irrigaba, un océano. Escuché ecos, millones de lejanos y confusos ecos… Me sentí caer en un total e ilimitado vacío.
-¡Billy! ¡Billy!, levántate para ir al colegio!
-¡Tuve un sueño horrible, mamá! ¡Soñé que era uno de esos conquistadores medievales, a los que les pasaban siempre cosas malas!
-Demasiado leer libros de historia, amor.
-Ahora me acuerdo que no he leído todo “William, The Conqueror”. Me he quedado en la parte en que lo atacan con una flecha y se desmaya por quince minutos… Aunque creo que no leí lo último con mucha concentración.
La república dormida
Eso sí, el silencio era sumamente llamativo. Pese que en un día normal el bullicio no era significativo, ya que se trataba de una comunidad pequeña y los automóviles no podían circular por los estrechos senderos, la ausencia absoluta de voces y de ruidos me dejaba profundamente intranquilo. ¿Era cierto que habían exterminado a todos? ¿Habría quedado alguien vivo, escondido entre las sábanas de su cama?
Seguimos marcha hacia el almacén central, donde encontramos la puerta abierta (curiosamente, era la única que se encontraba en dicho estado), y doblamos por el sendero que nos llevaría a la Mansión. Las casas aledañas, a diferencia de las que se encontraban en la entrada, sí tenían rastros de haber sido atacadas: los vidrios de algunas ventanas estaban estrellados, y pequeños manchones de sangre salpicaban los rudimentarios ladrillos de adobe.
Al llegar al portón principal de hierro, Toptan sacó una pesada llave de bronce, y la insertó. La misión que nos habían delegado no era muy difícil. Quizás, lo más complicado era encontrar la ubicación exacta del tesoro, que ni los secuaces con más alta jerarquía del Paladín conocían. Además, toda esa misión debía llevarse a cabo antes de que los refuerzos de la República llegasen. Y no tardarían en hacerlo.
-Será mejor que nos dividamos, - dijo Rodríguez - porque el tiempo escasea y la situación es comprometedora. Que los decuriones conduzcan a sus hombres a destinos oportunos. Massualt, vaya conmigo a la habitación del Paladín, y verifique que todas sus pertenencias estén en orden. Toptan, sus hombres son expertos en proceder sobre máquinas complejas. Desarme todo lo que pueda, y salga con partes lo más pequeñas posibles. Los hombres de Lokyan y Thorn, provenidos de las Escuelas del Trabajo, se encargarán de llevar los cofres pesados e importantes. – la expresión de Rodríguez adquirió una porte serio y concentrado – La misión más ligera, por decir así, aunque sin duda la más importante, se la dejo a usted, Jatami. Preparará nuestra salida, encargándose que los helicópteros estén en buenas condiciones y en buena posición para que todo sea fugaz. Salvete, nos vemos en cuestión de minutos.
(...)
miércoles, 27 de enero de 2010
Bienvenido a la isla (primera parte)
Hacía tiempo que me encontraba errando por el mundo, navegando hacia ningún lugar en concreto. Buscaba, quizás, otorgarle algo de fundamento a mi todavía corta vida, que ya estaba corrompida por años de juego, alcohol y despilfarro. Creía que en esa isla encontraría al fin paz, estando lejos de todo lo ordinariamente conocido. Alejarme del vulgo y de la pecadora sociedad, eso era lo que deseaba con tanta ansiedad.
Llegué al pueblo de Longyearbyen el 20 de octubre de 2006, de la mano de un marinero naturalmente noruego, que ejercía como pescador de alta mar. Lo había encontrado en Oslo a principios de ese mes, rogándole que me aceptara como empleado temporal, ya que carecía de dinero. Como estaba falto de personal, me admitió sin detenerse demasiado a pensar, y el 5 de octubre ya estábamos zarpando hacia el archipiélago boreal, donde cargaría combustible y continuaría su rumbo hacia el mar de Barents. Precisamente en el archipiélago de Svalbard descendí, y, antes de despedirme cordialmente de mi patrón, recibí la paga del trabajo.
La capital de la región, Longyearbyen, era, a mi gusto, genialmente tranquila. Se encontraba en un entorno bastante salvaje e inmaculado, es verdad, pero en esencia era una ciudad europea pequeña, con todo el orden y la pulcritud característicos.
El pueblo me recibió con una fina tormenta de aguanieve, algo usual en las mañanas de otoño. Alquilé una rudimentaria choza frente al fiordo, pagándola en parte con lo que había ganado como pescador y en anteriores empleos provisorios, y en parte con la herencia de mi difunto padre. Unas horas más tarde, el cielo ya se había despejado, y disfrutaba una bella tarde de paz, observando tontamente a las imponentes montañas nevadas.
El tímido sol (que no se había terminado de levantar en todo el día) se ocultó completamente hacia las cuatro de la tarde, y no salió hasta las siete del día siguiente. La falta de luz no me afectaba en lo más mínimo; yo era un hombre perfectamente adaptado para vivir en la noche: en ella comía, bebía, charlaba, pensaba y me inspiraba. O al menos eso era cuando vivía allí, en mi lujurioso antro del Nuevo Mundo.
Nunca siquiera imaginé que en un lugar así me hubieran ocurrido los sucesos que narraré a continuación.
(…)
Adiós a enero
A continuación, publicaré diversos textos que he estado escribiendo últimamente. La publicación de éstos será paulatina y fragmentada en un principio, con el fin de disponer de suficiente tiempo para realizar ciertas correcciones.
Envío un saludo (hacia ningún destinatario concreto, o bien hacia mí mismo).

